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Ad Astra: Una odisea emocional

Este texto es una crítica libre de spoilers de Ad Astra.

 

Hace 25 años, en 1994, el Festival de Venecia premió con el León de Plata a la Mejor dirección a un joven director y guionista norteamericano que acababa de terminar su primera película. El director era James Gray, nacido en Nueva York en 1969, y la cinta que recibió elogios unánimes en aquella edición de la Mostra era Little Odessa (Una cuestión de sangre, en su título doblado), un drama criminal que narra el difícil retorno de un asesino profesional a su población natal. Después de su ópera prima, Gray dirigió y escribió dos cintas más de género negro, The Yards (La otra cara del crimen, 2000) y We Own the Night (La noche es nuestra, 2007). Posteriormente, dejó su cine criminal, muy ligado a sus propias experiencias o a las de sus padres, y realizó un primer cambio de rumbo en su carrera: Two Lovers (2008), un film que trataba de un joven con graves problemas emocionales que se debatía entre el amor de dos mujeres. En aquel momento, después de terminar su primer drama romántico, Gray leyó un artículo sobre la NASA y su búsqueda de personas que bloquearan completamente sus emociones para viajar a Marte en la década del 2030, como parte del relanzamiento de la carrera espacial que plantea la agencia espacial norteamericana. Gray quedó impactado ante la posibilidad que los primeros humanos que pisaran el planeta rojo fueran personas con problemas para expresar a los demás sus emociones más básicas. Aquella idea fue el germen de su última película, Ad Astra.

Póster promocional de Ad Astra (James Gray, 2019).

Ad Astra es la primera incursión de James Gray en la ciencia ficción. Sin embargo, el director y guionista de Nueva York ha llevado esta aventura espacial a su terreno para convertirla, al igual que en sus anteriores películas, en una cinta personal. En un primer momento, la historia nos puede resultar familiar, ya vista en otras cintas del género: en un futuro cercano, en el que la humanidad ha iniciado la colonización espacial, un reputado astronauta norteamericano, Roy McBride, es enviado a los límites de nuestro sistema solar para resolver una posible amenaza para nuestra supervivencia cuando unos rayos cósmicos procedentes de Saturno causan estragos en la Tierra. Sin embargo, la misión contiene un aspecto personal para el protagonista: según parece, su padre, famoso astronauta desaparecido hace años y convertido en un héroe de la exploración espacial, podría estar detrás de ese fulgor que amenaza con acabar con la humanidad.

Después de la llamada a la aventura, el guión de Ad Astra, escrito por James Gray y Ethan Gross (Fringe) y cuyo referente más claro es Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas), la novela publicada por Joseph Conrad en 1899, sigue en todo momento a Roy, su viaje por el espacio y, sobre todo, su viaje hacia el interior de sí mismo, hacia sus emociones. Desde el principio de la película, vemos al protagonista como una persona cerrada a los demás: durante su vida ha construido una barrera emocional como medida de protección ante el dolor que supone la pérdida. La represión y la falta de expresión de las emociones ha ayudado al astronauta en su carrera, en un mundo (no muy lejano al nuestro) en que imperan la razón científica, el autocontrol y la asepsia emocional que emparentan a los humanos con la avanzada inteligencia artificial, pero esta peripecia en busca de su padre ausente le hará tambalearse emocionalmente y cuestionarse a sí mismo.

Fotograma de Ad Astra (James Gray, 2019), una gran interpretación de Brad Pitt

La historia de Ad Astra combina con acierto diversos temas presentes en las mejores películas del espacio. Por una parte, el tema del viaje como vía de escape ante una herida abierta o ante una realidad que el protagonista no acaba de asumir, como en Interstellar (Christopher Nolan, 2014). Por otra parte, el viaje como terapia, como sanación, que remite, sin ir más lejos, a otra gran película del género estrenada en nuestra cartelera este año: High Life, de Claire Denis. Viajes, ambos, más filosóficos que científicos ya que James Gray, más que construir una gran aventura espacial, se esfuerza en conectarnos con la evolución emocional del protagonista, interpretado de manera magistral por un Brad Pitt que lleva unos cuantos años y unas cuantas películas (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, The Curious Case of Benjamin Button, The Tree of Life, Killing Them Softly, Once Upon a Time in Hollywood) en estado de gracia, en plena madurez interpretativa. Como en los personajes que interpreta en estos films, Pitt realiza un elocuente trabajo de introspección con el que consigue llevarnos de su lado en cada escena, conectando con su desarrollo emocional. Para quien escribe estas líneas, una de las mejores interpretaciones de su carrera.

La interpretación de Pitt recuerda en cierta manera a la de Keir Dullea en su papel protagonista de 2001: Una odisea en el espacio. Sin duda, la monumental obra de Kubrick ha sido una clara referencia en el proceso de creación de Ad Astra, tanto a nivel formal (por ejemplo, en el diseño de las naves o de la base lunar) como temático: como en 2001, la trama avanza de la Tierra hacia los confines de nuestro sistema solar, poniendo más atención a lo existencial que a lo épico. No obstante, la escala de Ad Astra es aquí más humana que metafísica y cuenta, además, con diversas escenas de acción directa, que recuerdan a algunos de los mejores títulos del género de los últimos años, como Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) o The Martian (Ridley Scott, 2015). Hay que destacar la extraordinaria fotografía de Hoyte van Hoytema, responsable también en ese apartado en la epopeya espacial de Nolan. Hoytema realiza una labor magnífica, expresionista, al conseguir unas imágenes espectaculares (sobre todo por lo que respecta a los planos generales) que experimentan con el color para lograr una respuesta ligada a las emociones. Su trabajo recuerda mucho al de Roger Deakins en la también estupendamente fotografiada Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017):

Arriba, fotograma de Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017). Abajo, Ad Astra (James Gray, 2019).

Al lado del poder de las imágenes, otro de los elementos remarcables de Ad Astra es el uso del sonido. A lo largo de la cinta se escuchan diferentes sonidos que son producto de la experimentación con las líneas de diálogo de la película: surgen de la distorsión y la repetición en bucle de diferentes voces de los personajes principales (por ejemplo, a lo largo del film se reproduce, de forma casi inaudible, al padre de Roy diciendo ‘I love you, my son’, una y otra vez). Estas voces, convertidas en el sonido ambiente de diferentes escenas y registradas por nuestro subconsciente, ayudan a mantenernos atentos y apegados a la historia. Asimismo, la música de la película, compuesta por el británico Lorne Balfe (Mission: Impossible – Fallout) y supervisada por el músico alemán Max Richter (ya presente en la banda sonora de otro clásico sci-fi, Arrival (Denis Villeneuve, 2016), con la genial “On the Nature of Daylight”), combina perfectamente con las imágenes. Destaca ‘To The Stars’, el tema creado por Richter que ilustra el aislamiento del protagonista en el espacio.

Ad Astra, como las mejores obras de la ciencia ficción, tanto literaria como cinematográfica, utiliza elementos del futuro, como los viajes espaciales y la conquista de otros mundos posibles, para hablar de nuestro presente, de los problemas actuales de la humanidad. El mensaje aquí es claro: cada vez tenemos más tecnología, más avances científicos, pero estamos más desconectados de nuestro entorno, de los demás y de nosotros mismos. La odisea de Roy “hacia las estrellas” constituye una acertada metáfora para expresar su íntimo viaje a la esencia de lo que nos hace verdaderamente humanos: la conexión emocional con los demás. Pocas películas actuales se han servido de una metáfora tan lograda como la de esta película para transmitir su mensaje humanista. Por todo ello, y aunque no sea una película perfecta, aunque algunos pasajes puedan no ser del todo redondos, ni trascendentes todos sus personajes secundarios, Ad Astra es una película emocionante, una brillante oda a la humanidad, un nuevo clásico de la ciencia ficción moderna.

 

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